Uno de los símbolos de carretera más reconocibles del corredor entre el sur de California y Las Vegas ha sido puesto a la venta. La familia Herron, actual propietaria del llamado “termómetro más alto del mundo” en Baker, explica que ya no puede asumir de forma directa el mantenimiento que exige la estructura.
El cartel, de 134 pies de altura, funciona en realidad como una señal digital de tres caras que muestra la temperatura registrada por sensores instalados en su interior. Desde su encendido a comienzos de los años noventa, se convirtió en una referencia para millones de conductores que circulan por la I-15.
Según la familia, el relevo generacional no garantiza hoy una gestión diaria del emplazamiento. Por eso, buscan un comprador que pueda conservar el carácter del icono y hacerse cargo de su operación futura.

Origen del proyecto
La historia del letrero está vinculada a Willis Herron, copropietario desde 1956 del restaurante Bun Boy, un negocio muy conocido en Baker. Tras un incendio en la cocina en 1990, Herron reconstruyó el local con el dinero del seguro, pero decidió añadir un elemento mucho más visible que diera identidad al pueblo.
En ese momento, Baker era conocido básicamente por dos cosas:
- sus temperaturas extremas
- ser una parada de paso hacia otros destinos
Con esa idea, Herron apostó por explotar el factor climático como reclamo visual. Encargó el proyecto a YESCO, la compañía de Salt Lake City responsable de numerosos rótulos históricos de Las Vegas. El coste estimado de la obra fue de 700.000 dólares.
Problemas antes de su estreno
Antes de entrar en funcionamiento, la estructura sufrió un grave contratiempo. Fuertes vientos, de alrededor de 70 millas por hora según los reportes citados, partieron el soporte en dos y dañaron también la tienda de recuerdos situada debajo.
La señal tuvo que ser reconstruida con un refuerzo interno de acero y 125 yardas cúbicas de hormigón. Finalmente, el termómetro fue encendido el 9 de octubre de 1992.

Cambios de manos y regreso a la actividad
Ocho años después, Herron vendió el termómetro, el Bun Boy y un motel cercano a un franquiciado de Burger King. En 2005, esas propiedades pasaron a manos del empresario local Matt Pike, que transformó el Bun Boy en un Bob’s Big Boy.
Con el paso del tiempo, el gasto energético se convirtió en un problema relevante. En 2012, Pike apagó el termómetro para evitar una factura eléctrica mensual de unos 8.000 dólares. Incluso sin iluminarse, el lugar siguió atrayendo visitantes, lo que llevó a Barbara Herron, viuda de Willis, a intentar recuperarlo.
Aunque el precio inicial solicitado era de 1,75 millones de dólares, una ejecución hipotecaria y una resolución judicial federal terminaron facilitando la transferencia del activo. En 2014, Barbara Herron volvió a encender el termómetro en un acto local al que asistió buena parte de los cerca de 900 habitantes de Baker. En esa nueva etapa, el sistema pasó a operar con iluminación LED de mayor eficiencia.
Qué se sabe de la venta
Barbara Herron falleció en 2022 y la propiedad quedó en manos de sus hijos, que son quienes ahora han decidido abrir la venta. No se ha hecho público un precio de salida.
Más allá de la operación inmobiliaria, el caso refleja un patrón habitual en este tipo de activos singulares: el valor simbólico y turístico puede ser alto, pero la conservación, el consumo energético y la gestión diaria requieren recursos constantes. La clave de la transacción estará, por tanto, en encontrar a un comprador capaz de mantener el monumento operativo sin alterar su identidad histórica.
Créditos de las ilustraciones: Patrick T. FALLON/AFP via Getty, Shutterstock